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¿Un nuevo frente?


Hace unas semanas, el gobierno separatista pro-Rusia de la región de Transnistria, en Moldavia Oriental, calificó en una sesión parlamentaria como prioritario pedir a Moscú la protección de sus ciudadanos, de mayoría rusoparlante, ante las presiones del gobierno de Moldavia. El parlamento de Transnistria acusa presiones económicas por parte de Chisináu, que ponen en peligro su estabilidad.



No obstante y contrario a esta resolución legislativa, el presidente de Transnistria, Vadim Krasnoselskiy, anunció que buscará un diálogo pacifico con el gobierno moldavo (proeuropeo) para fomentar la integración económica de ambas naciones.

Este patrón de comportamiento – una región en una ex república soviética de mayoría rusoparlante pidiendo la protección de la Federación Rusa ante presiones del gobierno central – recuerda a lo sucedido en Crimea hace 10 años. Ello terminó con la anexión de esta región a Rusia.



Transnistria surge en 1992 como estado no reconocido por la Naciones Unidas con la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la independencia de la República de Moldavia. Temiendo el resentimiento de la población moldava, la cuál es culturalmente más cercana a Rumania y fue reprimida con la política soviética de rusificación (prohibición del idioma y las costumbres locales e imposición de la cultura rusa) en las repúblicas soviéticas; la comunidad rusoparlante buscó protección tras la riviera oriental del río Dniéster. Con ello estalló una breve guerra civil que terminó con la estación de cerca de 1.500 elementos del ejército ruso en Transnistria para garantizar la paz.



Desde entonces y a pesar de no contar con reconocimiento internacional, Transnistria se desarrolló como país independiente: hoy cuenta con un banco central, una constitución, poderes de gobierno y un ejército. En materia de política exterior Transnistria mantiene ciertas tensiones con Moldavia y la comunidad internacional que se rehúsa a reconocerla, y por el contrario tiene una relación cercana con la Federación Rusa. Esta última considera a Transnistria, al igual que Kaliningrado en el Mar Báltico, un enclave importante en Europa Oriental. Además en el pueblo de Kolbasna, en la frontera de Transnistria con Ucrania, se encuentra el arsenal más grande de la URSS durante la Guerra Fría.

Por un lado, ante la discrepancia entre el parlamento y el jefe de estado, respecto a la política frente a la aparente represión económica por parte del gobierno de Chisináu – protección por parte de Moscú vs diálogo – puede que estalle una crisis política en Transnistria.


Por otra parte, Transnistria podría convertirse en un nuevo frente de la guerra ruso-ucraniana y la ofensiva rusa se concentrará mayormente en ocupar la costa ucraniana del Mar Negro para formar un corredor hasta Transnistria. El interés de Rusia por Transnistria gira alrededor de tres elementos: consolidar definitivamente este estado como un enclave, tomar el sur de Ucrania por dos frentes y poder aprovechar el arsenal de Kolbasna.


Este escenario resulta ser viable para Rusia, ante el posible derrumbe del apoyo militar de Occidente a Ucrania y posiblemente Moldavia, por la probable victoria de Trump en EEUU en noviembre, la fortaleza por parte de partidos populistas en las elecciones europeas en junio y las perspectivas económicas negativas de la Unión Europea y sus principales potencias, como Alemania. Rusia ha concentrado sus esfuerzos en Ucrania oriental, sin embargo, ante la aprobación del paquete de ayuda militar y económica por parte del senado de EE.UU., puede que Rusia comience a dispersar sus ataques entre el frente oriental y sur.


La ayuda militar y económica por parte de EEUU para sus aliados en este conflicto de Europa Oriental, se negoció a costa de una política migratoria más restrictiva en la frontera sur con México, para recibir el apoyo de los legisladores republicanos. Por esta frontera transitan migrantes en su gran mayoría provenientes de diversos países de América Latina y el Caribe. A ello se suma, que el presidente Joe Biden busca la reelección en un proceso electoral donde la migración es un tema central en diversos estados clave como Arizona. Para quitarle votos en esos estados a su rival republicano, Donald Trump, quién ya ganó una elección presidencial poniendo una política migratoria restrictiva en la parte superior de su agenda, es probable que Joe Biden continúe con medidas restrictivas en este campo político.





Con ello, los países de América Latina ya no pueden contar con una política de cooperación bilateral con EEUU en materia migratoria, sino que tendrán que cooperar entre sí. Hay esfuerzos aislados recientes, que pueden servir como fundamento para esta nueva etapa. Por ejemplo entre Venezuela y Colombia, o entre México y algunos países Centroamericanos. No obstante, una cooperación multilateral en America Latina parece (por el momento) difícil, por las diferencias ideológicas y los conflictos diplomáticos recientes.


Una oportunidad está en que las dos economías más grandes de América Latina, Brasil y México, tienen una cercanía ideológica y han retomado una relación amistosa, ante el triunfo de Lula. Entre estos dos pueden movilizar a los demás países de la región a una cooperación multilateral migratoria.


En colaboración con nuestro columnista:

Francisco Padilla



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